Último día en Berlín
Berlín es una ciudad para vivir plenamente. Berlín es también una historia que duele y no cicatriza todavía. Días antes de mi viaje de ida, llegó a mis manos un libro Anónimo, una mujer en Berlín. Al leer ese relato de una mujer en medio de la guerra, nunca pensé que ese pasado estuviera tan presente en el Berlín de hoy
Nuestra casa, porque durante esos dos años fue ciertamente "nuestra casa", queda en la zona privilegiada, rodeada de árboles, en las cercanías de un bosque con un lago habitado por patos y cisnes, en fin, un lugar de ensueño. Un bosque por el que paseé a solas cada día intentando vanamente hacerlo mío, sin lograrlo. La no pertenencia se hacía más fuerte y dolorosa, ante tanta belleza generosamente brindada.
Ahora faltaban pocas horas para la partida, regresábamos a lo nuestro, a nuestra tierra, a nuestra gente, a nuestra lengua. La casa estaba vaciándose de nuestros objetos. Valijas, cajas, bolsos y ansiedad, mucha ansiedad. El ambiente lógico en vísperas de un viaje, y en especial si se trata de una despedida y este lo era.
Tomamos el último desayuno servido en el jardín de invierno como todas las mañana pero de pronto lo cotidiano cobraba otro valor: en ese hoy las tediosas tostadas tienen otro sabor, la ardilla rojiza que se trepa al manzano, tan de todas los días ya no será y una nube empaña el brillo de la mañana. Todo toma el color de la despedida.
Volvemos a la Argentina y estamos ansiosos, volver a la Argentina es volver a lo nuestro, volver a nuestra verdadera casa. Sabemos, sin embargo que, en esta casa que desde hace días está vacía de nuestros objetos, se queda algo nuestro, como un plasma que será difícil de conjurar. Quedará aquí después de nuestra partida la angustia de las noches, la lucha por la salud en peligro, el dolor de cada día en que la medicina parecía más cruel que la enfermedad, y también el festejo de cada mejoría, de cada triunfo, las oraciones y la esperanza. Las pequeñas alegrías, las fuertes emociones, la misión cumplida al llegar la noche cada día.
Quedará también, aunque pocos lo sepan, el canto gregoriano en la garganta del mago, la imagen borrosa de aquel hombre que no quería partir, la historia de dolor que lo ataba a esos muros que amó, el conjuro necesario para vencer el mal, eso y mucho más se quedará para siempre en esta casa, como un endoplasma que seguirá habitando este espacio. Nadie lo sabe pero un día, legó la joven mensajera, fui su guía, entró en la casa y se desató el nudo, el tiempo que detenía al hombre volvió a fluir, el aire se tornó liviano y la alegria retornó. Comprendí entonces que el canto que Eduardo entonó en aquella mágica noche había resultado: el nudo se desató. La salud llegó, la misión desconocida ya estaba cumplida, era llegada la hora de partir.
Berlín, la amada y sufriente Berlín, nos había hecho partícipes de su historia, nos había permitido curar una de sus múltiples heridas que aún duelen en cada ser que la habita.
¡Hasta siempre Berlín!
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